domingo, 26 de julio de 2015

OBSESIÓN


Forma tan extraña de demostrar afecto
no has visto con anterioridad,
te espero bajo una penumbra de recuerdos.

Pensando en ti busco inspiración
y no es difícil encontrarla,
imagino tu rostro
y las palabras comienzan a brotar
evoco tu nombre “...”
y es como entrar en un sueño.

Te presentas ante mi rodeado de ilusión,
me contagias ese sentimiento,
tu esencia me droga
me transportas a otro mundo
en el que estamos solos los dos.

Pretendía de ti olvidarme,
que ingenua fui
todo me recuerda a ti
es una historia sin fin.

Te pienso, te sueño, te respiro
¿Por qué no puedo olvidarte?
¿Por qué esta obsesión?

- 76 -

He sufrido, he llorado, me desgarrado
y todo ha sido por ti
por este amor deprimente, sin sentido, verdadero...
este amor que quisiera arrancar de mi ser.

Atrapada entre la contradicción
odio y amor no son muy diferentes,
¡eres un deleite! ¡eres una tortura!
mi amante, mi enemigo.

Líbrame de esta confusión,
de este dolor de amarte.
Abrázame, que solo entre el calor de tus brazos

puedo sentirme viva.

jueves, 9 de julio de 2015

El burdel de las parafilias. C 4: Estigmatofilia y algo más


En su trabajo Liss estaba acostumbrada a observar a toda clase de esperpentos, depravados, ex convictos y mujeres tan horribles que resultaría difícil que consiguieran sexo gratuito, por lo que le pareció curioso tener a un espécimen como su interlocutor en el burdel, se trataba de un muchacho alto de veinte años con facciones delicadas y una piel tan perfecta y blanquecina como la porcelana, tenía el cabello oscuro y rizado, además de portar gafas oscuras; de inmediato ella pensó en un Jim Morrison muy joven, lo único que disminuía ligeramente su atractivo era su pronunciada delgadez.
-Bien Mattew, ¿por qué viniste al burdel? – preguntó ella con verdadero interés.


-He escuchado que son en extremo complacientes y que no conocen límites por satisfacer a sus clientes. – pronunció él con voz grave.


-Es verdad – respondió ella invitándolo a continuar.


-Estoy interesado en una joven que asiste a mi universidad, tiene varios tatuajes y perforaciones, verás, soy estigmatofílico.


-De acuerdo…aunque con tu físico no entiendo porque necesites de nuestra ayuda, somos un burdel no cupido.


-Mi interés por ella dista mucho de ser romántico y la estigmatofilia no es mi única parafilia, digamos que la otra no entra en los límites legales, así que…


-Entiendo, necesito el nombre de la chica y una fotografía, o en su defecto su cuenta de Facebook. ¿Tienes alguna otra petición?


-Quiero tener disponible una cocina bien equipada y un comedor con una mesa bastante grande, además de unos diez metros de cuerda, eso sería todo. – dicho esto le proporcionó los datos de la universitaria y Alyssa le indicó que su habitación estaría lista pronto invitándolo a esperar en la orgía o en el espectáculo del día; Matt era demasiado egocéntrico como para estar en un sitio donde él no fuera el centro de atención así que optó por la primera opción.


El larguirucho joven caminó a un costado de aquel grupo de cuerpos que se agitaban y exclamaban de placer, se sentó en un sillón cercano a observarlos sabiendo que no era necesario acercarse a ellos. De inmediato las féminas fijaron su atención en él distrayéndolas de sus lúbricos movimientos; una chica morena de cabello corto ondulado y amplias caderas se abalanzó sobre él desnudándolo y él lo permitió gustoso, otra joven con un cuerpo aniñado y facciones de muñeca japonesa que incluían unos enormes ojos grises se acercó a él besándolo y jugueteando con su rizada cabellera.


La primera chica terminó de despojarlo de su vestimenta dejando al descubierto su bien dotado miembro, al verlo la muñeca viviente se acercó a lamerlo con lascivia y su compañera hizo lo mismo, a Matt le fascinó la escena, el par de mujeres recorriendo su virilidad con sus lenguas que se cruzaban a ratos.


Harta de la situación, la morena empujó con facilidad el pequeño cuerpo de la chica de los ojos grises, se colocó sobre el atractivo joven sin evitar exclamar ligeramente de dolor cuando aquel enorme miembro la penetró por completo; la enclenque mujer ya se había levantado del piso y se disponía a atacar cuando una maid interrumpió la situación.


-Disculpe, su habitación ya está lista.


-Claro, ¿podrían estas chicas acompañarme?


-Si ellas gustan, no hay ningún problema.


Ambas chicas aceptaron gustosamente seguir a su galante amante y le proporcionaron sus seudónimos, la caderona chica morena era conocida como Velvet y Marion era la pequeña muñeca de los hermosos ojos grises. Él caminó con cada brazo en la desnuda cintura de sus guías y ellas lo condujeron hasta su habitación, la 307 y soltó por un momento a sus bellas acompañantes para abrir aquella sencilla puerta de madera blanca.


Al hacerlo se encontró con el objeto de sus más oscuros y perversos pensamientos: Clare, conocida como “la fantasma” por su lechosa piel.


Estaba ataviada como acostumbraba una ligera camiseta negra que dejaba poco a la imaginación, una cinturilla de látex, una falda corta y botas de charol con tacones de aguja gigantescos; su tersa piel mostraba tatuajes en los brazos y la espalda, y en su bello rostro estaban perforados su nariz, su labio inferior y su lengua.


Clare caminó felinamente hacia él, con tan sólo mirarla con aquella vestimenta en su voluptuoso cuerpo tatuado, él tuvo una fuerte reacción, la había deseado tanto tiempo y ahora la tenía por fin frente a él, pero, ¿accedería realmente a sus proposiciones? Y lo que era más importante ¿podría llevar a cabo su mayor fantasía?


Dio un rápido vistazo al lugar, era justamente lo que había solicitado, una amplia cocina y un comedor como el que tendría cualquier casa, además de varios metros de cuerda debajo de la mesa. La conversación con Clare fue en extremo fugaz pero deliciosa, en la universidad ella siempre lo miraba con desdén y él jamás se había atrevido a hablar con ella hasta ese momento; él le propuso compartir a aquellas chicas y ella aceptó sin meditarlo. Matt llegó a la conclusión de que debieron pagarle, costó que seguramente incluirían en su cuenta a pesar de haberle dicho que el pago no sería monetario.


Procedió a cortar un tramo largo de cuerda con un machete que encontró en la cocina y lo colgó al techo, le ató los brazos a Velvet mientras Clare extraía de su bolsa de mano una correa que le colocó a Marion y la fustigaba diciéndole que era su mascota y que sólo debía moverse a gatas; el chico procedió a atar las piernas de Velvet igualmente al techo dejándola pendiendo frente a la mesa. La fantasma hizo que su esclava subiera a la mesa y comenzara a lamer la vagina expuesta de su compañera mientras le asestaba fuertes golpes con su fuete para que aumentara la velocidad.


El falso rey lagarto entusiasmado por la escena procedió a utilizar la cavidad libre de la colgante chica morena que aulló de dolor al sentir como desvirginaban aquella zona suya con tan gigantesca erección aunque el sufrimiento pronto se tergiversó en un inmenso placer; para Mattew aquella sensación aquella sensación era apenas comparable con la excitación que le producía ver como Clare fustigaba a Marion con crueldad.


Tomó el machete con el cual había cortado la cuerda y lo dejó caer con fuerza sobre el muslo izquierdo de Velvet, la sangre salpicó a la muñeca viviente sin que ella lo notara y Velvet comenzó a gritar de dolor, tras cuatro certeros machetazos más la pierna se desprendió, procedió a realizar el mismo procedimiento con la otra pierna mientras su víctima aullaba de dolor y se retorcía intentando evitar su mutilación; cuando hubo terminado, la sádica fantasma le ordenó a su mascota que lamiera aquellos muñones, Marion se negó con asco pero luego de las terribles agresiones de Clare ya los estaba lamiendo fervorosamente.


Entusiasmado por la escena el joven procedió también a amputarle los brazos, Velvet suplicaba que la matara en lugar de dejarla vivir de aquella forma, pero él no le prestó atención, estaba demasiado fascinado con lo sencillo y placentero que resultaba manipular aquel cuerpo cercenado sobre su miembro. No obstante el patético rostro ensangrentado de Marion lo distraía demasiado.


-Clare, ¿acaso te parece correcto que la mascota esté sobre la mesa?


La voluptuosa mujer jaló la correa de la chica y su flacucho cuerpo cayó enseguida, se colocó sobre ella sosteniendo un cuchillo que había extraído de su bolsa, acercó su rostro al de la chica que destilaba terror y le lamió un ojo tras lo que le asestó una puñalada en él, retorció el cuchillo destrozando su globo ocular dejando una cuenca sanguinolenta; enloquecido por esta visión, Matt arrojó el cuerpo de Velvet y se dirigió hacia ella, la obligó a ponerse de rodillas y penetró aquella cavidad con un poco de dificultad debido al reducido espacio de ésta, sin embargo al lograrlo sintió la experiencia más placentera de su vida, aquel sitio era tan estrecho, tan tibio ¡y la sangre que manaba de él! Simplemente le pareció una delicia aumentada por la visión del bello rostro de muñeca que suplicaba por piedad mientras Clare seguía golpeándola cada vez más fuerte, aquel atractivo joven no puedo soportarlo más y descargó sus fluidos dentro de esa cuenca.


Y aún tenía frente a él a Clare, su plato fuerte, la razón que lo había conducido a aquel lugar y la musa que lo había inspirado a llevar a cabo esos barbáricos actos. Pensó por un mínimo instante en preguntarle cómo es que la habían convencido pero decidió que no había tiempo de nimiedades como esa, tendría que quedarse con la duda.


La hizo sentarse sobre la mesa, lamió su lechoso cuello y mordisqueó sus amplios hombros mientras recorría su basto cuerpo con las manos, desató con destreza su cinturilla y la despojó de su camiseta dejando expuestos sus grandes pechos de rosáceos pezones perforados, lamió uno de ellos jugueteando con aquellas puntas metálicas en él. La recostó sobre la mesa desatando velozmente sus botas y le retiró la minúscula falda encontrando un gran tatuaje en su muslo derecho, la ropa interior se la retiró lentamente gozando de aquel momento al máximo hasta que la tuvo completamente desnuda y completamente suya.


Contempló su magnífica desnudes y ella le dirigió una seductora sonrisa que se desvaneció cuando él comenzó a atarle brazos y piernas a las patas de la mesa para luego desaparecer de su vista; ella escuchó como revolvía utensilios de cocina hasta que finalmente regresó.


-¿Sabes? Tenía dudas de cómo procedería ahora, pero encontré un sartén eléctrico y eso ayuda bastante. – dijo él de pronto y colocó el sartén junto a ella.


-¿Para qué quieres un jodido sartén eléctrico?


-Nunca me ha gustado la carne cruda – respondió él con un ligero tono humorístico y repentinamente le clavó un tenedor en el seno derecho como apoyo para cortarlo con uno de los afilados cuchillos, Clare lo maldijo tanto como pudo pero era como si él no pudiera escucharla, sazonó el trozo de carne y procedió a colocarlo sobre el sartén, el aroma le resultó embriagante, y cuando hubo estado bien cocido lo vislumbró momentáneamente, con aquella perforación le resultaba aún más tentador y cuando se lo llevó a los labios sintió que estaba degustando el más excelso manjar de su existencia.


Probó luego la carne de su espléndido trasero y su rosada vagina, ambos le resultaron exquisitos y ¡ah! Los desgarradores gritos de dolor que ella exclamaba le resultaron tan magníficos como cualquier caprice de Paganini, hubiera querido deglutirla por completo como había fantaseado tantas veces, sin embargo sabía que era físicamente imposible así que decidió llevar a cabo su fantasía final.


Tomó un bote de crema batida que había encontrado en el refrigerador y lo introdujo en la garganta de Clare liberando su contenido, ésta se ahogó con la mitad de él por lo que el resto quedó acumulado en su boca, Mattew decapitó a su víctima con tres machetazos y puso aquella cabeza sobre su palpitante músculo erecto, fue indescriptiblemente delicioso, la sangre mezclada con la crema batida daban una sensación extraordinariamente placentera, además los vidriosos ojos de Clare mirándolo acrecentaban su gozo, movió frenéticamente aquella cabeza hasta que estalló de placer provocando que de la boca de Clare surgiera semen mezclado con la dulce crema.


Contempló la cabeza de aquella chica que siempre lo había mirado desdeñosamente y quiso conservarla, sin embargo le pareció inconveniente y decidió simplemente vestirse y abandonar el lugar. Bajó por el elevador y no vio rastro de la maid o Liss, pensó que si corría lo suficientemente rápido lograría escapar sin pagar la temida y desconocida cuota, pero justo antes de alcanzar la puerta sintió un pinchazo en el cuello y calló al suelo. Despertó totalmente inmóvil y con la visión ligeramente borrosa, notaba una silueta femenina moviéndose frente a él.


-¿Acaso no leíste el contrato Mattew? El precio SIEMPRE se paga – la voz le resultaba vagamente familiar, ¿Liss? Su vista estaba aclarándose poco a poco. – La droga que te inyecté te impedirá moverte, sin embargo podrás sentirlo todo.


Mattew parpadeó varias veces, era el único movimiento que podía hacer, por fin su visión se aclaró, la mujer que estaba frente a él llevaba la ropa de Clare, ¿qué clase de enferma roba la ropa de una muerta?, sin embargo él no era el indicado para juzgar algo así, aquella mujer le puso un objeto frente al rostro, un gancho como los que se usan para sostener a los cerdos decapitados en las carnicerías, dirigió su vista hacia su captora y contempló con terror que se trataba de Clare. “No puede ser, yo te maté, ¡yo te maté!” se repetía mentalmente. Ella pareció entender lo que pensaba y soltó una estridente risa.


Aquella fantasma clavó el gancho en los genitales de Matt y jaló de la cuerda que lo sostenía levantándolo varios centímetros del suelo, su escroto sangraba y como ella lo dijo, él no podía más que sentir aquel insoportable dolor y las lágrimas que brotaban de sus ojos a causa de él; maldijo una y otra vez a Clare mentalmente, suplicó y rogó a un Dios del que siempre había renegado que lo salvara de aquel terrible sufrimiento, pero éste simplemente se volvió peor, pues Clare comenzó a desollar su rostro y su cuero cabelludo; ella le llevó un espejo y él quiso evitar aquella visión horrible, sin embargo ya no poseía párpados y tuvo que observar como su belleza se había desvanecido dejándolo como un adefesio rojizo y desagradable; por fin pudo mover los labios y formuló una sola palabra:


-¡Bájame!


Su torturadora sonrió perversamente, alzó lentamente un largo cuchillo y le cortó de tajo los genitales, Mattew cayó fuertemente al piso y miró con horror su virilidad aún colgada del gancho, gritó hasta quedar ronco.










Mattew se despertó con su propio grito, asustado palpó su entrepierna, todo seguía en su lugar, corrió hacia el espejo del baño, su bella piel se mantenía sobre su cráneo. Miró el reloj, una vez más se le había hecho tarde para llegar a la escuela. Tomó sus cosas de prisa y corrió hacia la universidad que estaba bastante cerca de su departamento. A pocos pasos de llegar a su salón sintió una mano en su hombro, volteó y se encontró de frente con Clare, no pudo contener una reacción de miedo al recordar su terrible “sueño”.


-Disculpa, se te cayó esto. – le dijo ella entregándole una pequeña tarjeta blanca y se fue. Mattew la miró y casi la deja caer cuando la leyó “El burdel de las parafilias”. Le gritó a Clare, quería hablar con ella sobre lo que había sucedido, sin embargo ella sólo le guiñó un ojo y se llevó el dedo índice a los labios, él entendió la señal, nunca hablarían de aquel asunto.



Muñecas


-No creo que deberías hacer eso –le dijo su mejor amiga, Esther, mientras desmembraba una vieja muñeca.
-Quiero demostrarte que es sólo una estúpida muñeca, todo este museo es una estupidez. ¡Muñecas poseídas! ¿Y qué va a hacerme además de mirarme con esos horribles ojos de canica? –pronunció Nancy mientras buscaba a su nueva víctima. Tomó a una muñeca de trapo y le quemó el rostro con un encendedor, un chillido la asustó y por un milisegundo se creyó el asunto de las muñecas malditas hasta que notó que lo que había producido el ruido era su amiga al ver una rata-. Te lo dije, todo es una farsa, ahora vámonos de aquí antes de que aparezca el vigilante.
Salieron del museo tan fácilmente como habían entrado, debido al miedo que les inspiraba a las personas “El museo de muñecas malditas”, la seguridad no era un asunto de importancia. Nancy volvió a su casa y se quedó dormida en cuanto su cabeza tocó su almohada.
Se despertó al escuchar pasos en su habitación, pero al intentar levantarse para investigar notó que no podía moverse, abrió los ojos y lo que vio le dio escalofríos, estaba completamente rodeada por las horrendas muñecas del museo.
-¡Muy graciosa, Esther! Poner estos vejestorios en mi cama no me convencerá de nada.
Sin embargo nadie le respondió, volvió a intentar moverse y se dio cuenta de que estaba atada, para su horror, aquellas muñecas comenzaron a moverse sin que hubiera una explicación lógica para ello. Retiraron las cobijas que la cubrían, mostrando que efectivamente estaba amarrada y que ahora portaba un largo vestido victoriano como el de la muñeca a la que le había arrancado las piernas.
Como si la hubiera invocado, ésta apareció sosteniendo unas largas pestañas postizas entre sus manos de porcelana, se arrastró hasta el rostro de Nancy y colocó sobre sus ojos las pestañas, otra de las muñecas las engrapó en sus párpados haciéndola gritar.
Las muñecas se miraron entre sí y movieron sus cabezas en un gesto de negación, dos de ellas aparecieron con tijeras que lucían gigantes en sus manos y las clavaron frenéticamente en los globos oculares de Nancy, una y otra vez mientras ella no paraba de maldecir y retorcerse. Cuando los hubieron destrozado por completo introdujeron en las cavidades unos hermosos ojos de muñeca y se miraron satisfechas.
Nancy despertó nuevamente, esta vez de verdad, el horrible sueño la había dejado helada, pero jamás lo admitiría frente a Esther, después de todo, la pesadilla no probaba nada. Esas muñecas no tenían poder alguno. Intentó levantarse de su cama pero tal como en su sueño no podía hacerlo…sin embargo esta vez era diferente, no sentía ataduras, no sentía absolutamente nada, era como si su cuerpo estuviera entumido.
Lo que apareció en la habitación no fueron muñecas, sino algo peor, un sujeto velludo y gordo que se acercaba a ella con un gesto lujurioso. Se colocó sobre ella y tocó sus pechos bruscamente para luego lamer sus pezones como un perro sediento, a pesar de la inmovilidad podía sentirlo todo y tan sólo quería huir de ahí. El desagradable hombre se desnudó y se sentó sobre sus hombros mostrándole una visión en primer plano de su escroto y acercando a su rostro un falo negruzco y flácido.

Nancy trató con todas sus fuerzas de huir de aquél sitio, de quitarse al obeso de encima, pero lo único que consiguió fue evadir aquella visión y mirar hacia el techo, ahí se encontraba un espejo y pudo mirar con horror que se había convertido en una muñeca, una de las que más odiaba, una muñeca inflable.
¿No es fascinante como una persona que luce completamente cuerda, lúcida y confiable resulta ser un asesino serial consumado? A pesar de su aspecto exterior nosotros no conocemos lo que puede estar sucediendo en su mente. Un par de buenos ejemplos son el carismático payaso Pogo o el atractivo Ted Bundy.
Es igualmente interesante como alguien que jamás ha matado ni a un insecto puede levantarse una mañana y mutilar a toda su familia, al igual que la “Hiena de Querétaro”.
Hay personas que viven con un profundo instinto asesino y no me refiero a aquellos otakus que miran lindas chicas destazando cuerpos de ficción con sangre infinita pero que se desmayan al primer sangrado de nariz. No, hablo de aquellos que luchan día a día con el impulso casi erótico de matar a quien se les ponga enfrente, de aquellos que empuñan un arma y se contienen apenas a tiempo por causas morales o de simple supervivencia.
¿Han pensado en cuantas veces algún amigo o familiar habrá fantaseado con tu muerte? Y no sólo la trillada frase “¡Te voy a matar!”, si no realmente imaginado la escena con el arma, el lugar indicado, y por supuesto como se deshará del cuerpo después. Quizá ahora mismo tu mejor amigo o tu hermano pequeño meditan si es más conveniente usar una cuerda o empujarte de las escaleras.

Querido Santa: quiero una hermanita


La familia Smith estaba particularmente feliz en la víspera de navidad pues esperaban a un nuevo miembro de la familia, si bien ya contaban con un pequeño de 5 años, la señora Smith siempre había anhelado tener una niña. El pequeño David también estaba entusiasmado con la idea de convertirse en hermano mayor y enseñarle a su hermanita todo lo que debía saber acerca del mundo.
Trágicamente sus sueños se vieron truncados cuando justo la mañana del 24 de diciembre la señora Smith sufrió un aborto espontáneo. Ella había quedado visiblemente trastornada por el hecho, con la mirada perdida y sin responder del todo coherentemente a lo que se le preguntaba, sin embargo su esposo no quiso dejarla en el hospital así que la llevó a casa para cenar en familia y dejar listos los regalos para su pequeño hijo.
Cuando a David le anunciaron que ya no tendría una hermanita se entristeció demasiado y le preguntó a su papá si le podía pedir a Santa que le devolviera a su hermanita aunque no volviera a recibir otro juguete en su vida, el señor Smith se enterneció pero le respondió con la verdad; entonces David se enfureció y afirmó que no quería volver a saber nada de él ni de la navidad tras lo que corrió a su habitación.
Al día siguiente el árbol estaba repleto de regalos para David que él se rehusaba a abrir aún ante la insistencia de su padre. La señora Smith se acercó a su pequeño con un gesto desquiciado y le dio una caja de tamaño mediano que su padre no recordaba haber envuelto con ella.
-Este regalo te gustará, ábrelo – le dijo más como una orden que como una invitación, el niño obedeció asustado e hipnotizado por esos ojos inhumanamente abiertos y luego soltó un chillido agudo al mismo tiempo que arrojó la caja al piso dejando caer su contenido: un feto rojizo aún ensangrentado y con restos de placenta que portaba un gorro rosa tejido.


viernes, 13 de febrero de 2015

El burdel de las parafilias. C 3: Hibristofilia, masoquismo y Bundy




Ahí estaba Alyssa Romanova (Liss), entrevistándose con una nueva clienta, recibía a unos 40 al día, de los cuales apenas la mitad aceptaban los términos del acuerdo y muy pocos eran los que hacían peticiones interesantes. Frente a ella se encontraba una joven de diecinueve años, bastante delgada que evitaba hacer contacto visual, llevaba una falda corta y una camiseta de tirantes, su nombre era Jazmín Auz.


-De acuerdo señorita Auz, ¿vino por qué tiene algo en específico en mente o quiere que le sugiera alguna de nuestras parafilias más populares?


-He pensado en algo pero es…es algo imposible – al escuchar esto Alyssa apenas evitó hacer un sonido de molestia, escuchaba esa palabra muchas veces al día y rara vez precedía a una fantasía difícil de realizar, normalmente se referían a alguna situación incestuosa o de adulterio, nada que un buen secuestro no pudiera solucionar, sin embargo en muy raras ocasiones había circunstancias más complejas pero no había imposibles para ella.


-Esa palabra no existe para nosotros. – respondió Liss con completa convicción.
-Quiero tener sexo con Ted Bundy – le respondió Jazmín mirándola por primera vez a los ojos y desviando de inmediato la mirada retomando su tono tímido – Bueno, no tendría que ser él, no quiero tener sexo con un esqueleto…podría ser un imitador.


-Ted Bundy, buena elección, ¿tiene alguna otra petición?


-Sí, quiero que sea agresivo pero no lo suficiente como para hacerme daño permanente.


Liss le dijo que su habitación estaría lista pronto y le indicó que esperara en la sala dos, Jaz entró tímidamente a aquél lugar ruidoso y tomó asiento lejos del resto de la gente. En el escenario había una mujer desnuda y amordazada de pie con los brazos y piernas atados a los extremos del lugar, a su lado había una mujer con un vestido diminuto de cuero que portaba una máscara de conejo negra que dejaba al descubierto sus labios y a la orilla había una anciana de aspecto maligno sentada en una mecedora con una canasta llena de utensilios diversos.


La coneja se acercó a la mujer encadenada con un machete gigantesco, acarició su cuerpo y mordió uno de sus pezones haciendo que se estremeciera, se introdujo dos dedos a la boca para humedecerlos y empezó a manipular el clítoris de su esclava que a pesar del temor no pudo evitar sentir placer. Con la mano libre alzó el machete y lo dejó caer sobre el muslo izquierdo de su víctima rebanándolo cual si fuera un filete provocando que se retorciera frenéticamente y gimiera de dolor, le arrojó el trozo de piel a la anciana que comenzó a manipularlo con sus arrugados y deformes dedos.


La torturadora siguió desollándola como un fuera un animal, jalándolo la piel y utilizando el machete cuando era necesario mientras su víctima lloriqueaba suplicante, arrojaba los trozos de piel a la anciana que movía las manos con una velocidad anormal y no permitía ver lo que hacía con aquellos restos humanos.


El escenario estaba salpicado de sangre y la víctima ya no reaccionaba demasiado, sin embargo Jazmín estaba impresionada, quería tocar aquel cuerpo rojizo y viscoso que apenas conservaba piel en sus manos, piel y rostro.


La sádica liebre tomó unas pinzas de entre las herramientas de la anciana, le quitó la mordaza a la figura ensangrentada y comenzó a arrancarle los dientes uno por uno arrojándoselos a la anciana que los tomaba y usaba para un propósito desconocido; cuando terminó con la dentadura la observó, ya no conservaba fuerza alguna y apenas se detenía por las largas cadenas, acarició su rostro agonizante con sangre fluyendo de las encías lastimadas y lo besó procurando lamer toda la sangre en él. De pronto la voz de la anciana la interrumpió, había terminado su extraño cometido.


De pie se podía notar que la anciana no podía medir más de un metro cincuenta, caminó hacia la enmascarada sosteniendo el montón de piel humana, desató su pequeño atuendo de cuero dejándolo caer al suelo mostrando un juvenil cuerpo perfecto y en su lugar colocó los trozos de piel que había convertido en un vestido, le quitó la máscara y la remplazó por una diadema que había decorado con los dientes arrancados; al retirarse la anciana, Jazmín pudo notar que la sádica coneja era tan sólo una jovencita de 15 años.


Con el vestido de piel y la diadema parecía una versión gore del hada de los dientes, caminó por el escenario cual si se tratara de una pasarela y finalmente hizo una reverencia ante el público que estalló en aplausos. Jaz estaba maravillada ante el espectáculo y se unió al entusiasmo general, hasta que una voz aguda la asustó.


-Señorita Auz, su habitación está lista – le dijo una maid – Le corresponde la 207, sígame.


Jazmín la siguió hasta el segundo piso, entonces le entregó una tarjeta y una pequeña llave, ambas con el número 207 en ellas; le pareció un poco extraño que la acompañara hasta ese punto pero no hasta su habitación, sin embargo no le dio importancia y se dedicó a buscar su habitación.


Todas tenían grandes puertas metálicas lo que la puso un poco nerviosa pero siguió caminando hasta la 207 y deslizó su tarjeta por la ranura indicada, la puerta se deslizó automáticamente, dio un par de pasos dentro y volvió a cerrarse asustándola, tras un pequeño pasillo había una puerta de madera con un letrero en ella “T. Bundy”, por un momento se sintió como Clarice visitando a Lecter pero a diferencia de ellos, aquí no habría un vidrio entre ambos. Introdujo la llave en la cerradura rogando que la fama del lugar estuviera justificada y que no apareciera frente a ella un imitador de Bundy regordete y grotesco, giró la llave y entró al lugar.


Era un cuarto de hotel como cualquiera con escasos muebles (tal parecía que hasta ahí había llegado su presupuesto), y pudo ver a un hombre en cuclillas que parecía muy abstraído en alguna actividad pues ni siquiera volteó cuando ella cerró la puerta. Estaba de espaldas así que Jazmín se acercó cautelosamente intentando descubrir que es lo que hacía, cuando estuvo a apenas un metro de distancia lo averiguó con horror, estaba agazapado sobre el cadáver de una mujer extrayendo sus intestinos con la ayuda de un largo cuchillo.


Jaz no pudo reprimir un grito y el hombre giró hacia ella, era increíblemente parecido a las fotografías y videos que había visto de Ted Bundy; el cruel asesino salpicado de sangre dejó al cuerpo inerte y se acercó a ella sosteniendo aún su afilada arma; la mujer estaba paralizada por una oleada de excitación y terror que aumentó cuando él la sostuvo fuertemente de la cabellera y la besó con brusquedad para luego abofetearla con tanto ímpetu que la derribó.


El rostro de Jazmín ardía y palpitaba deliciosamente por el dolor y deseó a ese hombre más que nunca, él se arrodilló frente a ella, recorrió sus piernas desnudas lentamente con el cuchillo hasta llegar a su falda que cortó violentamente causándole heridas en los muslos, su ligera camiseta cedió fácilmente ante el filo al igual que su ropa interior.


Aquel psicópata cerró una de sus largas y fuertes manos alrededor del cuello de Jazmín mientras la penetraba bestialmente, luego tomó las piernas de la joven y las puso sobre sus hombros tras lo cual comenzó a propinarle fuertes puñetazos en el rostro hasta hacerla sangrar.


Ella gozaba con ese intenso dolor que ninguno de sus previos amantes había logrado proporcionarle y sufrió un espasmo casi orgásmico cuando sintió como su labio inferior se rompía liberando una buena cantidad de sangre que lamió con una mueca lasciva, lo que enfureció a su compañero.


- ¡Así que te gusta la sangre, perra! – pronunció él al mismo tiempo que la arrastraba por el cabello hasta donde se encontraba el cadáver y la arrojó de bruces contra él. Bundy la mantuvo así, de rodillas frente a aquel despojo humano y le introdujo su palpitante miembro por el ano mientras azotaba su cabeza contra los órganos expuestos de lo que alguna vez fue una mujer.


Así, siendo sodomizada, con la cabeza hundida entre vísceras y sintiendo como aquel asesino serial le tajeaba en la espalda y las piernas que se humedecían de sudor y sangre Jazmín tuvo el mayor orgasmo de su vida y al poco tiempo sintió como sus heridas eran salpicadas de líquido seminal.


-Ahora lárgate si no quieres terminar como ella - le dijo Ted señalando al cadáver que le había servido de almohada. Jazmín se envolvió con una sábana, tomó rápido el par de llaves y salió de aquél cuarto, sonrió satisfecha (o al menos lo intentó ya que su maltrecho y adolorido rostro no podía gesticular del todo) sin embargo su sonrisa se desvaneció cuando notó que la puerta no tenía una ranura para deslizar su tarjeta como en el exterior, de hecho no se veía ninguna posible forma de abrirla desde adentro. Intentó empujarla, deslizarla e incluso golpearla pero nada funcionó, de pronto escuchó una voz y se dio cuenta de que provenía de un interfon.


-¿Ha terminado señorita Auz? – pronunció la voz de Liss.


-Sí, ya quiero salir – respondió ella observando con temor la puerta con aquella inscripción “T. Bundy”.


-Claro, aunque antes debemos hablar de su pago.


-Bien, déjeme salir de aquí y podremos hablar de eso. – dijo sin dejar de mirar hacia la puerta.


-No es necesario, verá, el sr. Bundy realizó un viaje bastante largo para complacerla y sería injusto que se marchara tan pronto, así que su pago será mantenerlo entretenido un poco más.


-Pero…- un sutil sonido indicaba que la comunicación se había cortado, Jazmín gritó suplicante que la dejaran salir mirando aterrorizada aquella puerta de madera y sus ojos se humedecieron en aquel hinchado rostro cuando Ted fue el único que reaccionó con sus gritos.


-Ah, sigues aquí – le dijo obligándola a entrar de nuevo al cuarto mientras ella lloriqueaba y forcejeaba tratando de liberarse inútilmente.


Él la ató a una silla, desprendió el largo tubo metálico del clóset con el que contaba aquella habitación y comenzó a golpearla con furia, a ella el dolor dejó de parecerle estimulante cuando sintió como los huesos de sus piernas se rompían y sobresalían de su piel, ya no veía a aquel hombre como un sex symbol si no como el monstruo sádico que era, hasta que de pronto la miró casi misericordiosamente recuperando un poco de su encanto.


-Me da tanta pena ver a un hermoso rostro como este tan maltratado – pronunció acariciándola, tomó una funda de almohada y se la colocó en la cabeza atándola fuertemente en el cuello limitando la respiración de Jaz al mínimo.


Jazmín sentía todo su cuerpo como una gran herida abierta y creyó que era imposible sentir aún más dolor, escuchó que su agresor se alejaba y pensó que por fin se había aburrido de ella, de pronto el sonido de madera rompiéndose la asustó, ya que tenía el rostro cubierto no tenía idea de que hacía Bundy. De pronto sintió como él abría sus adoloridas piernas y deslizaba una mano hacia su vagina, no pudo evitar sentir un poco de placer ante ese contacto pero se desvaneció rápidamente cuando la pata de una silla penetró dentro de ella, quiso gritar pero la presión sobre su garganta se lo impidió y comenzó a sentir como la vida se escapaba de su cuerpo.










Jazmín se despertó sobresaltada en su cama, sudor frío resbalaba por su espalda, llevó las manos al cuello para comprobar que ahí no había nada, luego corrió a mirarse al espejo de su tocador, tenía el labio inferior morado e hinchado al igual que el ojo izquierdo pero nada más y en una esquina del espejo miró una tarjeta que decía: “El burdel de las parafilias”, leyó el reverso, sonrió ampliamente y dijo:


-Claro que volveré.




lunes, 2 de febrero de 2015

Piromanía



Una chica de alborotada cabellera oscura y tímidos ojos que no revelan su verdadera personalidad, su secreta pasión, el fuego. Aquel elemento la cautiva, la hipnotiza, provoca su lascivia de una forma que ningún ser humano podría lograr.

En la soledad de su hogar se despoja de sus ropas y las coloca en un contenedor metálico, las rocía de gasolina y con un rápido movimiento enciende un fósforo dejándolo caer sobre la ropa, que comienza a arder. Contempla embelesada las llamas que danzan mientras consumen todo a su alrededor.
Aquellos colores, aquel poder abrasador despiertan su lujuria, alteran su respiración, desabrocha su sostén y lo arroja a las llamas, avivándolas, desliza sus bragas por sus piernas y sufren el mismo destino que el resto de su vestuario.
Dirige una de sus manos hacia su vagina, y con su dedo índice comienza a frotar su clítoris con pequeños movimientos circulares, muerde su labio inferior intentando inútilmente de contener sus gemidos. Introduce dos de sus dedos en su húmeda y estrecha cavidad sin apartar ni un minuto la vista de aquellas majestuosas llamas.
Sabe que se acerca un glorioso orgasmo, su cuerpo cosquillea y se siente cada vez más caliente, como si aquel fuego también la consumiera a ella.  El clímax llega con una explosión de placer cuando, inesperadamente, su cuerpo comienza a arder en llamas hasta quedar convertido en cenizas. Murió tan deprisa que ni siquiera sintió dolor, lo último que sintió Adriana fue un excelso y eterno placer.