¿No es fascinante como una persona que luce completamente cuerda, lúcida y confiable resulta ser un asesino serial consumado? A pesar de su aspecto exterior nosotros no conocemos lo que puede estar sucediendo en su mente. Un par de buenos ejemplos son el carismático payaso Pogo o el atractivo Ted Bundy.
Es igualmente interesante como alguien que jamás ha matado ni a un insecto puede levantarse una mañana y mutilar a toda su familia, al igual que la “Hiena de Querétaro”.
Hay personas que viven con un profundo instinto asesino y no me refiero a aquellos otakus que miran lindas chicas destazando cuerpos de ficción con sangre infinita pero que se desmayan al primer sangrado de nariz. No, hablo de aquellos que luchan día a día con el impulso casi erótico de matar a quien se les ponga enfrente, de aquellos que empuñan un arma y se contienen apenas a tiempo por causas morales o de simple supervivencia.
¿Han pensado en cuantas veces algún amigo o familiar habrá fantaseado con tu muerte? Y no sólo la trillada frase “¡Te voy a matar!”, si no realmente imaginado la escena con el arma, el lugar indicado, y por supuesto como se deshará del cuerpo después. Quizá ahora mismo tu mejor amigo o tu hermano pequeño meditan si es más conveniente usar una cuerda o empujarte de las escaleras.
jueves, 9 de julio de 2015
Querido Santa: quiero una hermanita
La familia Smith estaba particularmente feliz en la víspera de navidad pues esperaban a un nuevo miembro de la familia, si bien ya contaban con un pequeño de 5 años, la señora Smith siempre había anhelado tener una niña. El pequeño David también estaba entusiasmado con la idea de convertirse en hermano mayor y enseñarle a su hermanita todo lo que debía saber acerca del mundo.
Trágicamente sus sueños se vieron truncados cuando justo la mañana del 24 de diciembre la señora Smith sufrió un aborto espontáneo. Ella había quedado visiblemente trastornada por el hecho, con la mirada perdida y sin responder del todo coherentemente a lo que se le preguntaba, sin embargo su esposo no quiso dejarla en el hospital así que la llevó a casa para cenar en familia y dejar listos los regalos para su pequeño hijo.
Cuando a David le anunciaron que ya no tendría una hermanita se entristeció demasiado y le preguntó a su papá si le podía pedir a Santa que le devolviera a su hermanita aunque no volviera a recibir otro juguete en su vida, el señor Smith se enterneció pero le respondió con la verdad; entonces David se enfureció y afirmó que no quería volver a saber nada de él ni de la navidad tras lo que corrió a su habitación.
Al día siguiente el árbol estaba repleto de regalos para David que él se rehusaba a abrir aún ante la insistencia de su padre. La señora Smith se acercó a su pequeño con un gesto desquiciado y le dio una caja de tamaño mediano que su padre no recordaba haber envuelto con ella.
-Este regalo te gustará, ábrelo – le dijo más como una orden que como una invitación, el niño obedeció asustado e hipnotizado por esos ojos inhumanamente abiertos y luego soltó un chillido agudo al mismo tiempo que arrojó la caja al piso dejando caer su contenido: un feto rojizo aún ensangrentado y con restos de placenta que portaba un gorro rosa tejido.
viernes, 13 de febrero de 2015
El burdel de las parafilias. C 3: Hibristofilia, masoquismo y Bundy
Ahí estaba Alyssa Romanova (Liss), entrevistándose con una nueva clienta, recibía a unos 40 al día, de los cuales apenas la mitad aceptaban los términos del acuerdo y muy pocos eran los que hacían peticiones interesantes. Frente a ella se encontraba una joven de diecinueve años, bastante delgada que evitaba hacer contacto visual, llevaba una falda corta y una camiseta de tirantes, su nombre era Jazmín Auz.
-De acuerdo señorita Auz, ¿vino por qué tiene algo en específico en mente o quiere que le sugiera alguna de nuestras parafilias más populares?
-He pensado en algo pero es…es algo imposible – al escuchar esto Alyssa apenas evitó hacer un sonido de molestia, escuchaba esa palabra muchas veces al día y rara vez precedía a una fantasía difícil de realizar, normalmente se referían a alguna situación incestuosa o de adulterio, nada que un buen secuestro no pudiera solucionar, sin embargo en muy raras ocasiones había circunstancias más complejas pero no había imposibles para ella.
-Esa palabra no existe para nosotros. – respondió Liss con completa convicción.
-Quiero tener sexo con Ted Bundy – le respondió Jazmín mirándola por primera vez a los ojos y desviando de inmediato la mirada retomando su tono tímido – Bueno, no tendría que ser él, no quiero tener sexo con un esqueleto…podría ser un imitador.
-Ted Bundy, buena elección, ¿tiene alguna otra petición?
-Sí, quiero que sea agresivo pero no lo suficiente como para hacerme daño permanente.
Liss le dijo que su habitación estaría lista pronto y le indicó que esperara en la sala dos, Jaz entró tímidamente a aquél lugar ruidoso y tomó asiento lejos del resto de la gente. En el escenario había una mujer desnuda y amordazada de pie con los brazos y piernas atados a los extremos del lugar, a su lado había una mujer con un vestido diminuto de cuero que portaba una máscara de conejo negra que dejaba al descubierto sus labios y a la orilla había una anciana de aspecto maligno sentada en una mecedora con una canasta llena de utensilios diversos.
La coneja se acercó a la mujer encadenada con un machete gigantesco, acarició su cuerpo y mordió uno de sus pezones haciendo que se estremeciera, se introdujo dos dedos a la boca para humedecerlos y empezó a manipular el clítoris de su esclava que a pesar del temor no pudo evitar sentir placer. Con la mano libre alzó el machete y lo dejó caer sobre el muslo izquierdo de su víctima rebanándolo cual si fuera un filete provocando que se retorciera frenéticamente y gimiera de dolor, le arrojó el trozo de piel a la anciana que comenzó a manipularlo con sus arrugados y deformes dedos.
La torturadora siguió desollándola como un fuera un animal, jalándolo la piel y utilizando el machete cuando era necesario mientras su víctima lloriqueaba suplicante, arrojaba los trozos de piel a la anciana que movía las manos con una velocidad anormal y no permitía ver lo que hacía con aquellos restos humanos.
El escenario estaba salpicado de sangre y la víctima ya no reaccionaba demasiado, sin embargo Jazmín estaba impresionada, quería tocar aquel cuerpo rojizo y viscoso que apenas conservaba piel en sus manos, piel y rostro.
La sádica liebre tomó unas pinzas de entre las herramientas de la anciana, le quitó la mordaza a la figura ensangrentada y comenzó a arrancarle los dientes uno por uno arrojándoselos a la anciana que los tomaba y usaba para un propósito desconocido; cuando terminó con la dentadura la observó, ya no conservaba fuerza alguna y apenas se detenía por las largas cadenas, acarició su rostro agonizante con sangre fluyendo de las encías lastimadas y lo besó procurando lamer toda la sangre en él. De pronto la voz de la anciana la interrumpió, había terminado su extraño cometido.
De pie se podía notar que la anciana no podía medir más de un metro cincuenta, caminó hacia la enmascarada sosteniendo el montón de piel humana, desató su pequeño atuendo de cuero dejándolo caer al suelo mostrando un juvenil cuerpo perfecto y en su lugar colocó los trozos de piel que había convertido en un vestido, le quitó la máscara y la remplazó por una diadema que había decorado con los dientes arrancados; al retirarse la anciana, Jazmín pudo notar que la sádica coneja era tan sólo una jovencita de 15 años.
Con el vestido de piel y la diadema parecía una versión gore del hada de los dientes, caminó por el escenario cual si se tratara de una pasarela y finalmente hizo una reverencia ante el público que estalló en aplausos. Jaz estaba maravillada ante el espectáculo y se unió al entusiasmo general, hasta que una voz aguda la asustó.
-Señorita Auz, su habitación está lista – le dijo una maid – Le corresponde la 207, sígame.
Jazmín la siguió hasta el segundo piso, entonces le entregó una tarjeta y una pequeña llave, ambas con el número 207 en ellas; le pareció un poco extraño que la acompañara hasta ese punto pero no hasta su habitación, sin embargo no le dio importancia y se dedicó a buscar su habitación.
Todas tenían grandes puertas metálicas lo que la puso un poco nerviosa pero siguió caminando hasta la 207 y deslizó su tarjeta por la ranura indicada, la puerta se deslizó automáticamente, dio un par de pasos dentro y volvió a cerrarse asustándola, tras un pequeño pasillo había una puerta de madera con un letrero en ella “T. Bundy”, por un momento se sintió como Clarice visitando a Lecter pero a diferencia de ellos, aquí no habría un vidrio entre ambos. Introdujo la llave en la cerradura rogando que la fama del lugar estuviera justificada y que no apareciera frente a ella un imitador de Bundy regordete y grotesco, giró la llave y entró al lugar.
Era un cuarto de hotel como cualquiera con escasos muebles (tal parecía que hasta ahí había llegado su presupuesto), y pudo ver a un hombre en cuclillas que parecía muy abstraído en alguna actividad pues ni siquiera volteó cuando ella cerró la puerta. Estaba de espaldas así que Jazmín se acercó cautelosamente intentando descubrir que es lo que hacía, cuando estuvo a apenas un metro de distancia lo averiguó con horror, estaba agazapado sobre el cadáver de una mujer extrayendo sus intestinos con la ayuda de un largo cuchillo.
Jaz no pudo reprimir un grito y el hombre giró hacia ella, era increíblemente parecido a las fotografías y videos que había visto de Ted Bundy; el cruel asesino salpicado de sangre dejó al cuerpo inerte y se acercó a ella sosteniendo aún su afilada arma; la mujer estaba paralizada por una oleada de excitación y terror que aumentó cuando él la sostuvo fuertemente de la cabellera y la besó con brusquedad para luego abofetearla con tanto ímpetu que la derribó.
El rostro de Jazmín ardía y palpitaba deliciosamente por el dolor y deseó a ese hombre más que nunca, él se arrodilló frente a ella, recorrió sus piernas desnudas lentamente con el cuchillo hasta llegar a su falda que cortó violentamente causándole heridas en los muslos, su ligera camiseta cedió fácilmente ante el filo al igual que su ropa interior.
Aquel psicópata cerró una de sus largas y fuertes manos alrededor del cuello de Jazmín mientras la penetraba bestialmente, luego tomó las piernas de la joven y las puso sobre sus hombros tras lo cual comenzó a propinarle fuertes puñetazos en el rostro hasta hacerla sangrar.
Ella gozaba con ese intenso dolor que ninguno de sus previos amantes había logrado proporcionarle y sufrió un espasmo casi orgásmico cuando sintió como su labio inferior se rompía liberando una buena cantidad de sangre que lamió con una mueca lasciva, lo que enfureció a su compañero.
- ¡Así que te gusta la sangre, perra! – pronunció él al mismo tiempo que la arrastraba por el cabello hasta donde se encontraba el cadáver y la arrojó de bruces contra él. Bundy la mantuvo así, de rodillas frente a aquel despojo humano y le introdujo su palpitante miembro por el ano mientras azotaba su cabeza contra los órganos expuestos de lo que alguna vez fue una mujer.
Así, siendo sodomizada, con la cabeza hundida entre vísceras y sintiendo como aquel asesino serial le tajeaba en la espalda y las piernas que se humedecían de sudor y sangre Jazmín tuvo el mayor orgasmo de su vida y al poco tiempo sintió como sus heridas eran salpicadas de líquido seminal.
-Ahora lárgate si no quieres terminar como ella - le dijo Ted señalando al cadáver que le había servido de almohada. Jazmín se envolvió con una sábana, tomó rápido el par de llaves y salió de aquél cuarto, sonrió satisfecha (o al menos lo intentó ya que su maltrecho y adolorido rostro no podía gesticular del todo) sin embargo su sonrisa se desvaneció cuando notó que la puerta no tenía una ranura para deslizar su tarjeta como en el exterior, de hecho no se veía ninguna posible forma de abrirla desde adentro. Intentó empujarla, deslizarla e incluso golpearla pero nada funcionó, de pronto escuchó una voz y se dio cuenta de que provenía de un interfon.
-¿Ha terminado señorita Auz? – pronunció la voz de Liss.
-Sí, ya quiero salir – respondió ella observando con temor la puerta con aquella inscripción “T. Bundy”.
-Claro, aunque antes debemos hablar de su pago.
-Bien, déjeme salir de aquí y podremos hablar de eso. – dijo sin dejar de mirar hacia la puerta.
-No es necesario, verá, el sr. Bundy realizó un viaje bastante largo para complacerla y sería injusto que se marchara tan pronto, así que su pago será mantenerlo entretenido un poco más.
-Pero…- un sutil sonido indicaba que la comunicación se había cortado, Jazmín gritó suplicante que la dejaran salir mirando aterrorizada aquella puerta de madera y sus ojos se humedecieron en aquel hinchado rostro cuando Ted fue el único que reaccionó con sus gritos.
-Ah, sigues aquí – le dijo obligándola a entrar de nuevo al cuarto mientras ella lloriqueaba y forcejeaba tratando de liberarse inútilmente.
Él la ató a una silla, desprendió el largo tubo metálico del clóset con el que contaba aquella habitación y comenzó a golpearla con furia, a ella el dolor dejó de parecerle estimulante cuando sintió como los huesos de sus piernas se rompían y sobresalían de su piel, ya no veía a aquel hombre como un sex symbol si no como el monstruo sádico que era, hasta que de pronto la miró casi misericordiosamente recuperando un poco de su encanto.
-Me da tanta pena ver a un hermoso rostro como este tan maltratado – pronunció acariciándola, tomó una funda de almohada y se la colocó en la cabeza atándola fuertemente en el cuello limitando la respiración de Jaz al mínimo.
Jazmín sentía todo su cuerpo como una gran herida abierta y creyó que era imposible sentir aún más dolor, escuchó que su agresor se alejaba y pensó que por fin se había aburrido de ella, de pronto el sonido de madera rompiéndose la asustó, ya que tenía el rostro cubierto no tenía idea de que hacía Bundy. De pronto sintió como él abría sus adoloridas piernas y deslizaba una mano hacia su vagina, no pudo evitar sentir un poco de placer ante ese contacto pero se desvaneció rápidamente cuando la pata de una silla penetró dentro de ella, quiso gritar pero la presión sobre su garganta se lo impidió y comenzó a sentir como la vida se escapaba de su cuerpo.
Jazmín se despertó sobresaltada en su cama, sudor frío resbalaba por su espalda, llevó las manos al cuello para comprobar que ahí no había nada, luego corrió a mirarse al espejo de su tocador, tenía el labio inferior morado e hinchado al igual que el ojo izquierdo pero nada más y en una esquina del espejo miró una tarjeta que decía: “El burdel de las parafilias”, leyó el reverso, sonrió ampliamente y dijo:
-Claro que volveré.
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lunes, 2 de febrero de 2015
Piromanía
Una chica de alborotada cabellera oscura y tímidos ojos que no revelan su verdadera personalidad, su secreta pasión, el fuego. Aquel elemento la cautiva, la hipnotiza, provoca su lascivia de una forma que ningún ser humano podría lograr.
En la soledad de su hogar se despoja de sus ropas y las coloca en un contenedor metálico, las rocía de gasolina y con un rápido movimiento enciende un fósforo dejándolo caer sobre la ropa, que comienza a arder. Contempla embelesada las llamas que danzan mientras consumen todo a su alrededor.
Aquellos colores, aquel poder abrasador despiertan su lujuria, alteran su respiración, desabrocha su sostén y lo arroja a las llamas, avivándolas, desliza sus bragas por sus piernas y sufren el mismo destino que el resto de su vestuario.
Dirige una de sus manos hacia su vagina, y con su dedo índice comienza a frotar su clítoris con pequeños movimientos circulares, muerde su labio inferior intentando inútilmente de contener sus gemidos. Introduce dos de sus dedos en su húmeda y estrecha cavidad sin apartar ni un minuto la vista de aquellas majestuosas llamas.
Sabe que se acerca un glorioso orgasmo, su cuerpo cosquillea y se siente cada vez más caliente, como si aquel fuego también la consumiera a ella. El clímax llega con una explosión de placer cuando, inesperadamente, su cuerpo comienza a arder en llamas hasta quedar convertido en cenizas. Murió tan deprisa que ni siquiera sintió dolor, lo último que sintió Adriana fue un excelso y eterno placer.
viernes, 3 de octubre de 2014
Lolita (parte 6)
Miles de pensamientos inundaron
la cabeza de Lolita, al fin tenía a alguien que la entendiera por completo y con
quien compartir sus sádicos placeres, sin embargo aquello había sido
terriblemente descuidado, Cristina era demasiado conocida en el mundo de las
orgías y todos la habían visto llegar con aquella chica. ¿Desde cuándo
asesinaba? ¿Por qué no se lo había mencionado? ¿Había escogido por alguna razón
especial a Leei? Pero de entre todas esas cuestiones apenas pudo formular:
-¿Qué?
-¡La maté! –Respondió eufórica- ¡Lo
hubieras visto! El filo penetrando su piel, el fluir de la sangre ¡y sus gritos
de dolor! ¡Fue magnífico!
-¿Qué mierda tienes en la cabeza?
Todos te conocen, no tardarán en arrestarte.
-Tranquila, no conocía a nadie en
ese lugar excepto a Leei y eso ya no es un problema.
-¿Y ella? ¿De dónde la sacaste?
Por favor dime que es una prostituta que nadie extrañará.
-Nope. La conocí en un bar gay,
es la hija de un senador o algo así. –Lolita quedó estupefacta.
-¿Mataste a la hija de un
senador? Estás jodida.
-Lo dudo, todos estaban tan
ocupados, drogados y ebrios que dudo que puedan dar una descripción acertada,
además no creo que quieran hacer pública la noticia de que su hija murió en una
orgía, incluso puede que ella estuviera mintiendo, no te alteres. -Esa vaga
teoría seguía sin convencerla pero las ganas de ahorcar a Cristina
disminuyeron- y ahora que te calmaste ¿puedo contarte como sucedió o tendré que
llegar a escribirlo en mi diario?
-Bien, no puedo rechazar el
relato de un asesinato con tintes sexuales.
Cristina sonrió ampliamente y
comenzó con su narración.
-Al llegar a la habitación le
dije que me gustaría realizar una pequeña sesión de bondage y ella por supuesto
aceptó desnudándose por completo, su cuerpo delgado casi pueril poseía aquella
suave e inmaculada piel que caracteriza a los infantes, atarla fue una delicia,
pasar las cuerdas alrededor de sus incipientes y tiernos pechos, inmovilizar
sus delicados brazos detrás de su espalda, deslizar la cuerda a ambos lados de
su sexo apenas cubierto por una ligerísima capa de vello y por supuesto mirarla
en su totalidad era como contemplar una obra de arte.
Lolita comenzaba a sentir una
oleada de celos al escucharla hablar así pero al recordar que ya no era más que
un cadáver pudo contenerse.
-La coloqué frente a la cama,
hice que recargara la parte superior de su cuerpo en ella y que separara
ligeramente las piernas, su trasero era espléndido, incluyendo aquella pequeña
y rosácea abertura sobre su vagina resultaba tan tentadora que hundí mi rostro
entre sus nalgas y comencé a lamerlo fervorosamente al mismo tiempo que
introducía un par de mis dedos en su vagina, sus gemidos eran fuertes y agudos
pero no lo suficiente para resultar fastidiosos.
››Disfruté
aquel sabor amor y la miel que derramaba sobre mis dedos que fluyó aún más
cuando introduje mi lengua en el estrecho orificio, el líquido que manaba era
tan abundante que me aventuré a embutir lentamente el resto de mi mano en su
vagina hasta que se perdió por completo dentro de su cuerpo. Estaba lista.
››
¿Acaso tú notaste que llevaba un largo estuche negro? Apuesto a que no, con un
par de pechos como los míos y un buen escote nadie puede desviar la mirada.
Pues en él no llevaba un clarinete ni nada por el estilo si una pequeño artilugio
hecho en casa.
Tenía
razón, parcialmente, Cristina fue dotada de un cuerpo exuberante que no dudaba
en presumir en cualquier oportunidad, cuando me citaba con ella en algún lugar
público los miles de silbidos y piropos que comenzaban a sonar me anunciaban
que ya estaba cerca, pero de hecho sí había notado aquel estuche y supuse que
era donde guardaba sus juguetes sexuales hasta que lo puso sobre sus piernas y
lo abrió mostrando un bate de madera con clavos que apuntaban a todas
direcciones y que estaba completamente manchado de sangre y trozos de piel.
Cristina
lo sacó del estuche y pasó su dedo por la punta, el único sitio sin clavos.
-Introduje
lentamente la punta, ella se estremeció ante el frío contacto de la madera,
giré el bate y ella se retorció sabiendo que algo no iba bien pero sostuve sus
cuerdas y empujé con fuerza el artilugio en su interior, ella soltó el grito
más agudo que he escuchado jamás e hilillos de sangre comenzaron a deslizarse por
sus muslos, esa visión me excitó así que comencé a mover frenéticamente el bate
adentro y afuera sintiendo como se desgarraba su piel y observando los pequeños
trozos que se adherían a los clavos y caían al suelo, ella no paraba de
retorcerse y gritar con esa vocecilla tan aguda que perforaba mis oídos.
Aquello rompió con mi excitación. Alcé mi bate y golpeé su cadera, los clavos
perforaban su piel y al jalarlo dejaba deliciosas marcas rojas sobre su piel
perfecta, repetí aquella acción sobre su espalda, su delicioso trasero hasta
que las líneas carmesí la invadieron por completo, pero ni eso logró callar sus
malditos chillidos de rata así que golpeé su cabeza, tres, cinco, quizá diez
veces hasta que dejé de escucharla.
-Interesante,
aunque sigo sin explicarme cómo te llenaste el rostro de sangre.
Cristina
se sonrojó ligeramente.
-Tú
sabes porque.
-¿Tu
fetiche con las vaginas sangrientas?
-Sí…no
pude evitarlo, aún destrozada se veía tan deliciosa, no pude evitar lamerla
toda esa exquisita sangre mientras enterraba mis uñas en sus muslos.
Reaccionaste mejor de lo que esperaba.
-Yo
también tengo algunos fetiches extraños. Y por cierto, por muy buena que fuera
tu historia me debes un orgasmo.
-Eso
se puede solucionar. –Respondió Cristina con su amplia sonrisa, se acercó a
besarla e introdujo la mano en la ropa interior de Lolita.
lunes, 25 de agosto de 2014
Lolita (parte 5)
Confundida y triste caminó entre
grupos de personas copulando examinando el lugar, que Cristina hubiera huido no
le impediría divertirse, podía superar el récord de treinta ella sola.
Notó que un par de hombres
atractivos la miraban y les dirigió una pícara mueca, tras los cual ellos se
acercaron, uno de ellos era bastante pálido y de estatura promedio, su nombre
era Mario, el otro era ligeramente más alto y de piel bronceada se llamaba
Alejandro, llevaban smoking negros pero podía notarse que debajo de ellos se
encontraban cuerpos bien trabajados.
La proposición sexual no tardó en
aparecer y Lolita aceptó enseguida, con una pequeña condición.
-Primero quiero ver un poco de
acción entre ustedes.
Ellos se miraron un par de
segundos y sonrieron.
-No hay problema.
Su única demanda fue la
privacidad por lo que buscaron una habitación disponible y en aquel inmenso
lugar no fue un problema.
El par de hombres comenzaron a
desnudarse con naturalidad gracias a lo que Lolita pudo comprobar que poseían
cuerpos exquisitos, cada uno de sus movimientos provocaba que sus músculos se
tensaran aumentando la libido de Lolita, cuando se quedaron sin ninguna prenda
se sentaron sobre una amplia cama mientras ella ocupó un sillón frente a ellos.
El primer beso fue casi tímido
pues sus labios apenas se rozaban pero pronto la intensidad fue aumentando y la
voyerista pudo observar como entrelazaban sus lenguas e incluso Mario jalaba la
cabellera de su compañero mientras mordisqueaba sus labios.
Lolita pudo notar como sus penes
iban aumentando en tamaño con aquellos excitantes besos y como de pronto
Alejandro tomó en una de sus grandes manos el falo de Mario masturbándolo
hábilmente y mordió uno de sus pezones haciendo que gimiera de placer.
Ella no pudo más, se desvistió
por completo y se interpuso entre los dos hombres, ofreciéndole su trasero a
Mario y sus labios a Alejandro, así el primero sostuvo su cadera e introdujo su
falo en la humedecida vagina de Lolita mientras el segundo recibía una felación
que iba aumentando de intensidad de acuerdo a las embestidas de Mario.
Los gemidos de la adolescente se
ahogaban por el enorme miembro que obstruía su garganta y que no paraba de
crecer, resultaba tan descomunal que sólo pensaba en ser penetrada por él, así que
se separó de Mario y se colocó de espaldas a Alejandro descendiendo lentamente
sintiendo como aquella verga la llenaba por completo.
El pálido hombre se hincó frente
a la cama y comenzó a lamer ávidamente el clítoris de Lolita mientras Alejandro
sostenía su cintura moviéndola con fuerza de arriba abajo provocando que su
pene entrara brusca y profundamente. Presentía un orgasmo excepcional, pero no
ocurriría.
El sonido de la puerta abriéndose
no le importó, pero el siguiente sonido no pudo ignorarlo.
-¡Lolita! –era sin duda la voz de
Cristina- Tenemos que irnos, ¡ya!
Estaba tan sumergida en su
éxtasis que tardó un poco en enfocarla, tenía una mueca de desesperación además
de la mitad de la cara y del pecho manchados de sangre, aquello la sacó
inmediatamente de su estupor, se separó de aquellos hombres, tomó su ropa y se
fue con su prima, corrieron completamente desnudas hacia el auto de Cristina
ante los ojos curiosos de los otros invitados.
-¿Y tu amiga?
-No importa, vámonos.
Arrancaron el auto, no hablaron
hasta que estuvieron lo bastante lejos y se detuvieron a mitad de la carretera
para vestirse en el interior del automóvil.
-¿Estás bien? ¿Qué sucedió? –preguntó
Lolita, Cristina la ignoró mientras intentaba limpiarse con algo de papel y una
botella de agua, pudo notar que no tenía ninguna herida así que cambió su
pregunta- ¿Qué hiciste?
Cristina por fin la miró y
sonrió, los restos de sangre seca en su rostro le daban un aire macabro.
-Asesiné a Leei.
Tal parecía que tenía más en
común con su prima de lo que pensaba.
jueves, 14 de agosto de 2014
Lolita (parte 4)
Había quedado completamente
saciada por un día, gozaba con el sexo pero no le bastaba a menos de que
viniera acompañado de dolor ajeno y mucha sangre.
Caminó de regreso, ya no tenía
ninguna prisa, todas aquellas personas que pasaban junto a ella no significaban
nada, se abstraía tanto de la realidad que le parecían parte de la escenografía
de su vida, entes efímeros de función ornamental.
Al entrar en su habitación pudo
percibir el hedor a putrefacción que despedía el cuerpo destazado, supo que
había sido un error dejarlo tanto tiempo y no estaba segura si las gemelas se
lo comerían así.
Se puso un impermeable morado –no
quería llenarse de restos pestilentes- tomó de nuevo la sierra eléctrica y
cortó la cabeza verticalmente justo a la mitad esparciendo sesos por doquier,
no era la forma más sencilla pero sí la más entretenida. Mutiló el resto del
cuerpo en trozos pequeños hasta que quedó convertido en una papilla humana, con
pulpa extra, que fue depositando en dos grandes baldes para luego agregarles
trufas y revolver la mezcla.
Las pequeñas Jen y Sylvia pasaban
la mayor parte de tiempo en el patio trasero de la casa y eran tratadas
idénticamente a un perro y parecían conformes con eso, eran rechonchas, rosadas
y convenientemente omnívoras, aquel par de cerditas eran la mascota ideal de
Lolita; por sus pancitas habían pasado al menos doce humanos así que esperaba
que no se pusieran quisquillosas por uno más.
Les puso sus correas y las guio a
su habitación, ellas la siguieron entusiastamente pues sabían que aquel viaje
las conduciría a una abundante comida.
Olfatearon el cadáver y comenzaron
a devorarlo sin pensarlo, Lolita pudo escuchar el crujido de los huesos entre
los dientes de las cerdas y sonrió, “Bien, no tendré que cavar hoy”.
Cuando las gemelas terminaron de
comer las devolvió al patio, limpió los pocos restos que quedaban esparcidos
por los muebles, lavó su impermeable y finalmente se dejó caer sobre su cama
para distraerse con una de las pocas cosas que tenía en común con el resto de
los humanos: Facebook.
Por más detestables e insípidos
que fueran sus compañeros de aula se mantenía al tanto de sus insignificantes
vidas para mantener su facha de normalidad, lo único que disfrutaba de aquel
medio era el libre acceso a numerosas fotografías que satisfacían su voyerismo
y que tantas veces la habían acompañado en sus masturbaciones compulsivas.
Un recuadro se abrió en la parte
inferior de su pantalla, “Cristina Sánchez”, con tan sólo leer ese nombre su
mente se llenó de recuerdos pero uno se impuso ante los demás.
Cristina era su prima y solía
pasar mucho tiempo en su casa cuanto era púberes ya que su tía trabajaba todo
el día. A ellas no les molestaba en absoluto pues adoraban estar juntas,
incluso seguían duchándose juntas cuando Lolita tenía nueve años y ella doce. A
la madre de Lolita no le parecía incorrecto hasta que una tarde entró a su
habitación y encontró a Cristina dándole sexo oral.
Fue entonces cuando sus madres
decidieron que ya era lo bastante madura para permanecer sola en su casa e
hicieron lo posible por mantenerlas alejadas. Aquel plan había funcionado
algunos años pero gracias a la tecnología habían vuelto a encontrarse, primero
virtualmente y luego en persona.
La edad le había sentado bien y
ahora, a sus diecinueve años se veía más hermosa que nunca, tenía el cabello
largo y rizado, maquillaje felino y pequeños tatuajes en lugares estratégicamente provocativos.
Reencontrarse con ella había sido
magnífico y más aún porque era la persona más cercana a comprenderla pues
compartía su ninfomanía y solía invitarla a numerosas fiestas sexuales,
seguramente era eso para lo que le hablaba en esta ocasión. Lolita adoraba esos
eventos pues podía tener todo el sexo que quisiera pero también le resultaban
frustrantes ya que no podía mutilar ni mucho menos asesinar a nadie en ellos.
En efecto el mensaje de su prima
era acerca de otra de esas reuniones, ella respondió que estaba interesada en
asistir y como era costumbre Cristina le dijo que pasaría a recogerla a su casa
en un par de horas.
Algunas de esas orgías eran
temáticas y se exigía un vestuario apropiado, sólo ropa de piel, trajes de
Lolita, incluso hubo una en la que todos habían llevado botargas con cierres convenientes
pero esta invitación sólo decía que debía portar un vestido de cóctel, así que
escogió uno morado ajustado de la parte superior y ancho de la inferior que
permitía ver la mayor parte de sus torneadas piernas, no es que fuera atlética,
su concepto de ejercicio era mover vigorosamente la cadera sobre un buen pene y
hasta ahora le había funcionado.
Normalmente tenía el aspecto de
una chica común, pero cuando se esmeraba podía dejar sin aliento a cualquiera,
ese día lo había hecho y lucía como una hermosa pixie con su corto cabello
alborotado.
Justo cuando estaba terminando
recibió un mensaje de Cristina informándole que estaba esperándola fuera de su
casa, por supuesto no podía dejar que su madre la viera o comenzaría un drama
innecesario; así que caminó lo más rápido que le permitían sus tacones
ilusionada con verla, deseaba besar aquellos labios sabor cereza y percibir el
perfume en su cabello mientras mordisqueaba su cuello y jugueteaba con uno de
sus pezones escuchando sus excitantes gemidos como lo había hecho tantas veces.
Se acercó al automóvil y abrió la
puerta del copiloto encontrándose con una delgada adolescente de piel lechosa.
-Hola Loli, ella es una amiga
mía, se llama Leei, ¿no te molesta sentarte en el asiento trasero por hoy,
verdad?
Lolita lo hizo mecánicamente, no
le agradaba que usurparan su lugar junto a Cristina, pero ya había compartido
muchas mujeres y hombres con ella y la chica era atractiva así que no le dio
importancia.
La fiesta no era como ninguna a
la que hubiera asistido, la locación era una hacienda gigantesca a mitad de la
nada y todos los invitados parecían salidos de una revista de modas, parecía
que Cristina estaba consiguiendo mejores contactos. Sin duda sería una buena
noche de cacería, en su noche más fructífera habían conseguido treinta parejas
sexuales que habían compartido gustosas.
-Iremos a buscar una habitación,
te veo más tarde –dijo inesperadamente Cristina huyendo con Leei.
¿Qué carajo? Jamás la había
dejado abandonada de aquella forma, nunca entraba en ninguna habitación porque
gozaba siendo observada y más que nada…¡¿Qué clase de nombre era Leei?!
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