domingo, 11 de febrero de 2018

El peligro de romper un corazón

Oh mi pobre Víctor, mi único y verdadero amor, el único hombre al que en verdad amé. Recuerdo el día en que nos conocimos, nuestras miradas se encontraron en un mágico momento y ambos supimos que éramos el uno para el otro, tras una semana ya compartíamos el mismo lecho cada noche.
            El solía cargarme en sus fuertes brazos y yo me acurrucaba en ellos encantada, me cubría de besos y caricias, y yo respondía como mejor podía. Sin embargo no todo era felicidad, él se sentía superior a mi y era excesivamente posesivo, solía dejarme encerrada en nuestra casa mientras él desaparecía por horas dejándome en soledad y sólo con un plato de asquerosa comida para sobrevivir todo el día.
            A pesar de esto yo lo seguía amando profundamente y procuraba recibirlo cariñosamente, pero a él cada día parecía importarle menos, pasaba horas frente a su laptop apartándome cada vez que me acercaba, ¡cómo me dolía aquello! ¿por qué prefería aquel frío aparato cuando yo estaba ahí, viva y amándolo? Pero permanecí fuerte diciéndome que se le pasaría y volvería a quererme como al principio. ¡Ah, que equivocada estaba!
            Una noche apareció alcoholizado ¡y llevaba consigo una mujer!, me apartó de la cama y comenzó a besuquearla, fue entonces cuando mi corazón se rompió en pedazos y decidí que había tenido suficiente de ese hombre, no hice nada esa noche, mi venganza se serviría fría.
            Esperé hasta la mañana, cuando él se disponía a bajar las escaleras (seguramente para preparar su desayuno) yo hice que se tropezara y rodara por ellas rompiéndose el cuello, podría haberlo soportado todo, los largos días solitarios, la espantosa comida, incluso que él me mirara como su mascota, ¡pero aquella traición no se la perdonaría nunca! Corrí hasta su cadáver y empecé a arañar su rostro con desprecio, ¡te odio, te odio!, quise gritarle, pero sabía que no podría, al menos no en su lenguaje.
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            Rachel salió de la habitación de Víctor al escuchar un terrible estruendo, observó con horror el cuerpo terriblemente torcido de su nuevo novio y contempló con cierta ternura (si es que se podía generar tal sensación en aquella situación) como Romina, su gatita, le arañaba el rostro tratando, a su parecer, de reanimarlo.


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